martes, 29 de julio de 2014

A mi hermana y mi padre

Juan dejaba pasar el tiempo sentado, leyendo, fumando, pensando. También le gustaba escuchar música y escribir. De vez en cuando recitaba versos que había escuchado o leído en alguna parte. Siempre fue un poco poeta. Le gustaba pasear y se conocía cada rincón de Madrid. Tenía muchos amigos.
Su risa era grave, profunda. Sincera.
Era algo vanidoso, y se peinaba unas diez veces al día. Nunca le dio importancia al dinero. Ni cuando lo tuvo, ni cuando se quedó sin nada. Guardaba pequeños tesoros en un cajón. Su riqueza consistía en un viejo periódico, un libro de poesía argentina y otro de poesía chilena. Algunas cintas y algunas fotos. Nada más. 
Era, pues, una persona muy sencilla,de gustos aún más sencillos, y de extraordinaria bondad. Nunca supo qué era la envidia ni le deseó mal alguno a nadie. 

Lucía pasaba las horas entretenida leyendo, fumando, pensando. También le gustaba escuchar música y escribir. De vez en cuando recitaba versos que había escuchado o leído en alguna parte. Siempre fue un poco poeta. Le gustaba pasear y se conocía cada rincón de Madrid. Tenía muchos amigos.
Su risa era como el canto de algunos pájaros. Sincera.
Era muy coqueta y gustaba de arreglarse hasta para ir a por el pan. También guardaba tesoros. Un colgante de algún novio, un recorte de periódico amarillento, unos cuantos libros. Algunas cintas y algunas fotos. Nada más.
Era, pues, una persona muy sencilla,de gustos aún más sencillos, y de extraordinaria bondad. Nunca supo qué era la envidia ni le deseó mal alguno a nadie. 

Lucía amaba a Juan. Y Juan adoraba a Lucía.

Un día.

Un día.

Un día todo desapareció. Y Lucía convirtió la risa de Juan en su risa. Los poemas de Juan en su propia poesía. Robó los tesoros de Juan y los escondió en un armario.

Y cerró la puerta.

Juan no volvió a susurrar versos y calló para siempre. Siempre ausente.

Me gustas cuando callas, Lucía, porque estás como ausente.
Distante y dolorosa como si hubieras muerto. 
Una palabra entonces, una sonrisa bastan. 
Y estoy alegre, alegre de que no sea cierto.

Te quiero.

Sus ojos

Hoy sólo quiero llorar lágrimas de rabia frente al escritorio. Quiero gritar y quiero esconderme bajo mis párpados hasta que pase la tormenta. Quiero dejar de escuchar el silbido de las bombas en mi cabeza. Cerrar los ojos y no ver. Olvidar. Quiero agachar la cabeza por delante y pasar sin miedo entre las páginas de los libros que me observan en la estantería.
Quiero llorar lágrimas dulces de rabia porque yo no tengo miedo. No tengo miedo a morir aplastada. Ni temo sostener a mi madre en los brazos. No tengo miedo a recibir una llamada que me diga que no volveré a ver a mi hermana. No tengo miedo al dolor.

A mí no me están masacrando.

Quiero llorar porque no puedo hacer nada más. Porque están llorando ellos. Porque su cielo es el mismo que permanece, azul, sobre mi cabeza. Porque pido deseos a estrellas que ellos no quieren mirar. Porque el sol que nos alumbra es el mismo.
Quiero llorar porque yo de pequeña jugaba con muñecas. Siempre tuve agua, comida, una casa, a mi familia. Y mucho más. Tuve seguridad.
No veo en sus rostros desesperación, ni odio, ni tristeza, ni angustia... Veo unos ojos que gritan, acuchillan, que culpan. Porque todos somos culpables. Todos. Todos. Todos. Los mismos ojos, la misma expresión en niños, padres, madres, hermanos, jóvenes y ancianos. La misma mirada desesperada. Nos están gritando y el mundo se limita a quitarles el sonido, a seguir viviendo mientras ellos mueren.

Quiero que la gente no tenga que preguntarse por qué hay niños jugando en Palestina y se pregunten por qué están matando niños que juegan en Palestina. Por qué el mundo está tan deshumanizado que ver muertes no supone un constante desgarro en el corazón. Por qué el miedo, el terror y la desesperanza se cuelan por nuestros televisores y no morimos con ellos. Por qué esos ojos nos son indiferentes.

¿Cuál fue su culpa, su error?

Les están robando su presente, y aniquilando su futuro. Les están devorando.

Palestina somos todos.




domingo, 8 de junio de 2014

Prepárate, Felipe.

A menudo pienso en cada hombre o mujer que, valientemente, escupe a la sociedad que les ha humillado y relegado al grado de ciudadano de segunda clase, de segundo orden. Hace mucho tiempo, Marx habló de la 'lucha de clases'. Seguimos inmersos en esa lucha, es esa sociedad dividida de manera injusta y medieval en estamentos que utilizan la palabra 'justicia', 'dignidad' o 'solidaridad' privándolas de todo su significado. Hoy en día son palabras casi huecas, manidas y explotadas por todos. Quiero recordar aquí la importancia de los significados que, al final, formarán la idea en nuestra cabeza ya que, sin palabra que lo designe, el concepto no existe.
Dios existe cuando lo nombramos, cuando rezamos, cuando rogamos. La gente a la que queremos existe porque pensamos en ellos y, así, están vivos para nosotros. Lo mismo ocurre con las palabras.
La lucha acaba de comenzar y el simple hecho de ver a jóvenes desmotivados, que repiten como una letanía el famoso 'no va a servir para nada', es un triunfo de la casta (gracias, Pablo). Y no debemos permitir que sean ellos quienes decidan qué va a ser de tu vida, quienes destruyan tus sueños.
¿Te imaginas una república? Yo sí. Me imagino a mi país unido, dándole la espalda a un sistema arcaico y anacrónico. Diciendo BASTA. Tomando el control y derrocando a una familia que reina bajo la única legitimidad que le confiere el haber nacido con determinado apellido.
Dicen que Felipe, el supuesto nuevo monarca (y digo supuesto porque yo sí creo en una república) es 'el más preparado para reinar' y lo que decimos, lo que gritamos los demás es que no dudamos de su grado de preparación, simplemente queremos que disponga de las mismas oportunidades que cualquiera. Que se presente a las elecciones, que demuestre lo preparado que está. Que, por una vez, esto sea un estado democrático y se consulte a la ciudadanía si quiere o no, mantener en lo alto de la esfera a esta familia. Porque no valen más que tú, ni que yo, ni que nadie. Al fin y al cabo, todos hemos nacido, que ha sido el único mérito que tuvo que lograr él para ser el sucesor de la corona.
Los que decimos sí al referéndum, le estamos dando una oportunidad. Una. Para demostrar que es una persona íntegra y que le importa la voz de los que estamos abajo.
El problema incuestionable que presenta la monarquía es que está en absoluta oposición a la democracia. Los reyes surgieron de la creencia en que había personas cuyo 'origen divino' les legitimaba para dirigir un estado. ¿Alguien continúa pensando de esta manera? Absolutamente no. Entonces, ¿cómo podemos seguir bajo el mando de un rey?
Dicen que Felipe está sobradamente preparado para reinar, pero si no lo estuviera, si no hubiera estudiado, si fuera idiota, fascista, nazi, o cualquier otra cosa, también sería el legítimo heredero de la corona.
Prepárate, Felipe. Esto es el comienzo de la lucha del pueblo. Y ya sabes que 'el pueblo unido jamás será vencido'.

Yo digo que ya basta. ¡VIVA LA REPÚBLICA!

martes, 27 de mayo de 2014

El friki de la coleta

Resulta que un joven ha conseguido despertar la ilusión de gran parte de la juventud española que estaba cansada de escuchar a los mismos de siempre. Harta de escuchar escusas, inventos, promesas y datos. Harta de las explicaciones en diferido. Harta del robo. De no poder estudiar. De ver su futuro (o, más bien, no verlo) dentro de un pozo oscuro de negrura infinita. Resulta que PODEMOS. Que hay una solución, una salida, una vía de escape. Resulta que se ha abierto el cielo ante nuestros ojos.
Dicen que es un friki. Un melenudo. Un demagogo y un perroflauta. Por si fuera poco, Pablo Iglesias se compra la ropa en el Alcampo. Resulta que pasa de gastarse el dinero en trajes de más de dos mil euros. Resulta que es un ciudadano normal, cercano, humilde. Y resulta que la gente se ha dado cuenta. Parece que algunos tienen miedo. Se critica desde su forma de hablar hasta su manera de vestir. Se suceden durante estos dos últimos días las burlas hacia su persona.

Resulta que ese joven ha rechazado un salario de ocho mil euros, que cumple consigo mismo, con sus ideas, con su programa, con lo que dice. Resulta que, por primera vez, alguien cumple con los ciudadanos. Con nosotros. Resulta que este joven, y todo su partido, ha despertado, como digo, la ilusión de miles de personas que se han dado cuenta de que pueden tener voz y que, por fin, se sienten representados.
Sólo puedo decir, por el momento, gracias. Por demostrarnos que tenemos opción, que no todo está perdido y que el partido no ha terminado.

Gracias por dejarnos soñar.

sábado, 26 de abril de 2014

La sangre

El desembarco se produjo en mitad de la noche. El primero en bajar del navío fue un hombre de mediana edad, ligeramente entrado en carnes y con la mirada sombría de quien ha experimentado la bravura del océano y el coraje de las batallas. Su equipaje, escaso, lo conformaban una mochila raída cuyo contenido, presumiblemente, sería ropa, un libro de viajes y un gato negro de pelaje áspero.
El hombre, cuyo nombre supe más tarde que era Alberto Acuña, abandonó el puerto sin esperar a sus compañeros de travesía, con el orgullo que corresponde al héroe que ha vivido y vencido a la muerte. En más de una ocasión pude verle en la taberna del puerto susurrando con verbos ebrios ciertas estrofas del Martín Fierro. Siempre estaba solo. Prefería la compañía de su gato, al que acariciaba de un modo intermitente en aquellas largas noches, a la de sus compañeros. Rechazó a algunas mujeres que trataban de llamar su atención. Quizá demasiado livianas, no despertaban su deseo. El gato lo acompañaba pero, habría que ser muy poco perspicaz para no darse cuenta de que el animal, que ya había olvidado la sangre que ensució el cuerpo de su anterior dueño, no lo libraba de la soledad. El animal había perdonado a Acuña por empuñar el cuchillo que había sido la mano asesina de su dueño, al otro lado del mar. Acuña, sin embargo, no olvidaba. Bebía y saciaba su melancolía en breves tragos a su copa, siempre medio vacía, y esperaba la muerte con la serenidad de quien ya ha vivido suficiente. Yo lo observaba desde una esquina de la taberna, me atraían el ronroneo del gato y los versos de aquel poema. Rara vez cruzamos la mirada; Alberto Acuña no levantaba la mirada de su bebida. Así pasaban los días. Venía, bebía, recitaba y acariciaba al gato. Después, se levantaba embriagado para acercarse a la barra y pagar su cuenta. Salía del establecimiento sin mirar a nadie, sin hablar con nadie. Siempre tuve la impresión de que se sabía observado, aunque jamás le vi un gesto de desagrado bajo mi escrutadora mirada.
Desde que presencié el desembarco de aquel hombre, mi sueño se tornó débil y solía despertarme envuelto en una fría capa de sudor. Tenía pesadillas constantes y recurrentes con aquel hombre, aunque ligeras variaciones me hacían consciente de su calidad de irrealidad; imaginaba al hombre ensangrentado, huyendo de una casa sin luz, cojeaba y escupía sangre oscura que dejaba un ligero reguero en los adoquines de la calle. Siempre brillaba la luna nueva en el cielo. El gato era un elemento secundario en aquella escena, pero inherente a ella, pues era el único que reconocía mi presencia en el callejón. Sus ojos ocre me acusaban y reconocían como a un intruso. Cuando el gato, corriendo tras su dueño, se giraba hacia mi, yo sentía pavor bajo su mirada y era justo en ese instante cuando despertaba en la tibieza de mi alcoba. Me obsesioné por aquel hombre cabizbajo y por su gato, traté de averiguar algo sobre su pasado preguntando aquí y allá pero nadie supo darme una respuesta satisfactoria. Sólo me dieron un detalle valioso; su nombre.
Durante los días que trascurrieron, seguí tratando de investigar pero ninguna de mis fuentes me dio ninguna información de valor trascendental que merezca mención para la continuidad de este relato.
Recuerdo que el hombre desapareció durante un tiempo. En vano volví noche tras noche a la taberna, a nuestra taberna, que ya era un nexo entre mi realidad y mi sueño, entre el cruce de miradas con el gato, entre sus suspiros y el Martín Fierro. Mi existencia se convertía, poco a poco y sin que fuera yo consciente, en una mezcla entre la realidad de la taberna y el vino, y los sueños, el pelaje del gato, sus ojos, mi sudor. El tiempo se convertía en algo más que meras estaciones sin su presencia. El otoño transcurrió sin novedades sobre el que yo consideraba, de alguna manera, mi amigo. Para evitar las intermitentes pesadillas que me asaltaban cada noche, sacaba cada vez más libros de la biblioteca, leía con avidez relatos de héroes, de batallas, de rompecabezas y de laberintos que remitían a Acuña de un modo más real del que yo pudiera haber imaginado jamás. Yo sabía, o más bien, ahora sé, que su destino y el mío estaban condenados a converger en algún punto de nuestras miserables vidas. Sí, quizá lo supiera ya entonces y fuera aquel pensamiento, precisamente ese pensamiento, el que motivara mi obsesión nocturna. No sería del todo honesto si no confesara que el hombre, además de una secreta fascinación, me producía un temor nostálgico o un miedo, en todo caso, que no había sentido antes. Como digo, pasé el otoño sin noticias del misterioso viajante, y tomé la definitiva resolución de buscarle en mis sueños. Aquella decisión fue como un presagio; cesó el insomnio de golpe y me refugiaba en las noches como el soldado que llega a casa tras una larga contienda. Me tumbaba en la cama y una suerte de cansancio repentino se llevaba mis párpados y mi mente continuaba, impasible al paso del tiempo, soñando una y otra vez al misterioso hombre y a su gato. Mi miedo remitía con el transcurso de los meses. Poco a poco, olvidé el rostro de Acuña, su mirada, sus susurros. Sin embargo, su aliento, que imaginaba tendría olor a carne seca y a humo y a vino, y que fue lo único que no llegué a conocer, lograba, de alguna manera, recordarlo cada noche.
Cuando su rostro ya se me antojaba una imagen difusa y el bufido de su gato dejó de perseguirme entre fantasías oníricas, regresó. Regresó como una pesadilla entre el atronador bramido del mar en el muelle y el silbido del viento entre las páginas del Martín Fierro que adquirí poco después. Nunca voy al muelle si no tengo allí trabajo o tengo que entrevistarme con algún pariente. El primer día que vi a Acuña, había ido allí para arreglar el envío de cierta mercancía hacia occidente. Fue una, digamos, casualidad del destino, si es que podemos permitirnos el mezclar ambos términos opuestos. La segunda vez, transcurrido el otoño, Alberto Acuña llegó de muy diferente manera; limpio y aseado, charlaba animadamente con un compañero de travesía. Sus pasos eran sonoros y parecían firmes sobre la pasarela del barco. Cuando pisó el muelle y se giró, su rostro lucía una hermosa sonrisa que en absoluto olería a vino ni a miseria. Era un hombre nuevo. Era otro. Pero tenía que ser él. Es más, era él. Ahora no me cabe la menor duda de ello, si bien es cierto que, en aquel momento, tuve reparos en relacionar a aquel recién llegado con el hombre que había protagonizado las pesadillas de aquellos últimos meses. En vano buscó mi mirada al gato de pelaje oscuro y áspero. Supongo que de algún modo su presencia (la del felino) habría tranquilizado mi espíritu, testigo de aquella transformación (que era acaso una blasfemia, una malformación, ante los ojos que le habían creado una historia, los ojos que le habían temido; mis ojos). Digo en vano. El gato no dio ninguna señal de vida.
Aquello me encolerizó. Me desconcertó hasta tal punto que deseé encontrarme cara a cara con Acuña; esperarle tras una esquina en cualquier callejón, asestarle una puñalada mortal, convertirme yo en su pesadilla, en el desconocido, en el otro, en su enemigo, su verdugo. Quise, y ahora me avergüenza reconocerlo, vengar de alguna manera al gato desaparecido. Era el gato mi enemigo y mi aliado. Era él quien desconocía, como yo, el pasado de aquel viajero. El gato sabía que yo los observaba día tras día. El gato me había señalado como su igual. Aquel animal y su mirada desafiante, su bufido soñado, había sido mi único vínculo con él. Si el gato desaparecía, yo volvería a ser nadie.
Acuña o, tal vez, su gato, me devolvieron a mi lugar. La desaparición del gato me desdeñaba y la horrible consciencia de lo que aquello significaba para mí mismo, me avergonzaba y humillaba de tal forma que no espero nadie comprenda. El miedo dio paso rápidamente a la cólera. Mis vecinos y allegados comenzaron a preocuparse, aunque mi perenne apatía relajaba su atención ya que supusieron simplemente que habría perdido el trabajo o que tendría un pleito con alguno de mis amigos. Supongo que mi rostro se ensombreció con el paso de los días. Ellos jamás lo entenderían.
Leía febrilmente el Martín Fierro. Terminaba y volvía a comenzar y cuanto menos me identificaba con Fierro, más lo era. No tenía ganas de escribir ni de acometer la ardua tarea de la venganza textual. Mis manos, mis ojos, mi Martín Fierro y aquel gato (sí, sobre todo y sobre todos, aquel gato), clamaban venganza y sangre. Maquiné y me desvelé con el oscuro deseo de la venganza, de la muerte de aquel hombre; sentí el burbujeante palpitar de mis sienes con cada sueño, que volvía una y otra vez haciéndose a casa segundo más nítido en mi inconsciente.
Decidido a cometer el crimen, bebía y comía en aquella taberna polvorienta donde se desgastaban mis horas de infortunios. Maquinaba susurrando letras del Martín Fierro y dejando crecer el pelo de mi rostro hasta convertirme en la imagen patética de un náufrago a la deriva. No espero que el lector comprenda hasta qué punto estaba yo irremisiblemente perdido en aquel océano rojo. "Pronto", me consolaba en mi ensoñación. "Muy pronto todo habrá terminado". Unos días, o quizá unos meses después (en mi estado podrían haber sido años, tantas noches repitiendo los mismos rituales, mismos pensamientos), al fin, ocurrió. Podía haber abandonado mi obsesión, al fin y al cabo poco tenía yo que ver con aquel extranjero de manos callosas, pero fui preso de la desesperanza cuando comprendí que mi existencia estaba ligada de forma irremediable a la de aquel hombre. Mejor dicho; mi existencia estaba ligada a la no existencia del otro.
Tenía pistola, recuerdo de algún abuelo o un pariente victorioso, pero no la utilicé. Mi fin y, por ende, su fin, tendrían que estar sellados con la afilada hoja de un cuchillo. Nada más podría liberarme de igual manera. Bastaron un par de acometidas en el callejón. Todo había terminado.
Al llegar a mi casa, con el horrible presagio de algo que se avecinaba y me acechaba desde lo alto, traté de lavar la sangre que aún me culpabilizaba. No pude y, exhausto, con el cansancio de mil hombres, me sumí en un sueño pesado y profundo que no sé cuántas horas duró.
Al despertar me levanté cansado. Mi cuerpo vencido tiritaba de algo más que frío. Supe que mi destino había sido morir en aquel lance pero lo había sobrevivido. No comprendía ninguna de las imágenes que danzaban en mi mente. Me acerqué despacio al espejo de la habitación. Renqueando. Las gotas de sangre del otro seguían entorpeciendo mis pasos. Al mirarme en el espejo lancé un grito de terror. Mi cuerpo joven y vigoroso estaba ahora surcado de arrugas. La mirada que me devolvía la imagen era transparente y hueca, como la mirada de un muerto. La sangre, mi sangre, emanaba de una herida abierta en el lado izquierdo de mi pecho. Los dientes, amarillentos y sucios, soltaban un horrible hedor a humo y a taberna.
Lo último que oí antes de desplomarme, fue el largo quejido de un gato. Mi gato.
El otro era yo. Y estaba muerto.
Todo había terminado.

lunes, 21 de abril de 2014

A un escritor

Hacía mucho calor en aquel azul vagón de la línea diez del Metro de Madrid, que informaba de su próxima estación Nuevos Ministerios. No había demasiada gente. O no me fijé. Iba leyendo un libro que no terminaba de absorberme (creo recordar que era El Gran Gatsby), con lo que cada vez que se abrían y cerraban las puertas, miraba con ojos cansados cuántas paradas quedaban para llegar a mi casa.
En la estación, entró un hombre de unos cincuenta años, con una mochila vieja y raída que hacía juego con su delgado cuerpo y sus ojos azul oscuro. Las puertas se cerraron a su espalda y pareció revolverse con cierta inquietud acartonada. Yo cerré el libro con la certeza de que su presencia sería mucho más atrayente que el libro que tenía entre mis manos. Efectivamente, como un presagio, el hombre empezó a hacer algo que nadie esperaba. Comenzó a leer sin parar, a leer a voz en grito, a escupir las palabras que iba leyendo en un libro muy gastado que sacó de su mochila. Gritaba y leía y desafiaba a todos con la mirada. Leía y gritaba y hacía que el vagón se convirtiera en una especie de sala de conciertos o de caverna en la que explotaban las palabras como envenenadas con fuego. Leía y gritaba con rabia, con ansia desesperada. Yo descubrí un temblor en sus manos y un sudor, que imaginé frío, perlaba su frente. Aquel que conoce la pena, podría pensar que era un hombre triste. Quien conoce la tristeza, sabe que era la viva imagen de la desesperanza. El dolor. La agonía de quien ha perdido parte de sí mismo. El hombre seguía leyendo, cada vez con más angustia, con miedo. Algunas personas se levantaron para alejarse de su parte del vagón. Mucha gente se reía y le señalaba. Yo le miraba con una media sonrisa porque sus gritos me producían un placer inexplicable. Su voz, ronca, grave, áspera y seca me hipnotizaba. Yo no era la única. Mientras unos se alejaban, otros se iban acercando, gente de todas las edades, de todas las razas se sentaron cerca del hombre que gritaba. Eso pareció darle ánimos y siguió gritando, y leyendo, y algún que otro sollozo ahogado interrumpía su lectura. Se terminaron las paradas, y terminó el libro. Cuando el hombre terminó de gritar leyendo o de leer gritando, todos callamos. El aire se envileció y la atmósfera se tornó aún más densa con el eco de las últimas palabras. El vagón se convirtió en un sepulcro silencioso y fuimos horriblemente conscientes de lo sucedido. Y allí, en la línea 10 del Metro de Madrid, en la estación de Tres Olivos, se produjo uno de los homenajes más sinceros que han existido.

-Dime, qué comemos.
-El coronel necesitó setenta y cinco años - los setenta y cinco años de su vida, minuto a minuto - para llegar a este instante. Se sintió puro, explícito, invencible, en el momento de responder:
-Mierda.



A Gabriel García Márquez. Descansa en paz, amigo.

martes, 15 de abril de 2014

Carroña

Dicen que los buitres acechan a los más débiles, que los observan agonizar y morir para desgarrar, morder, arañar, el cuerpo de su presa. Dicen que siempre esperan que su presa muera, pero que a los más pequeños, son capaces de darles caza con vida. Dicen, también, de ellos, que son animales despreciables. Hay incluso una acepción en la RAE sobre 'buitre' descrita como una persona 'que se ceba en la desgracia de otro'.

Dicen que en las fronteras están muriendo personas. Hablan de guerras, de poder, de 'víctimas mortales'. Dicen que sus gobernantes no actúan. Hablan del miedo. Comentan que hemos puesto vallas, cercos. Cuchillas. Se describe el horror y se lamenta la pérdida de seres humanos. Se trata de mitigar el sentimiento de culpa comprando Coca-Cola, lencería, ocio, seguridad. Se embotan los cerebros y todos nos vamos a dormir con las manos y la conciencia manchadas de sangre, encorsetados en este sistema y asqueados con nosotros mismos. Pero no asqueados por la sangre. Asqueados porque no tenemos ese vestido, ese juego, o no podemos permitirnos ese viaje. Creyéndonos ese cuento de pseudo-felicidad. Alimentando nuestro ego con fotos, libros, películas y cerveza. Limpiando nuestras corrompidas almas con billetes de cincuenta euros o con papel de fumar. O con textos como este. Da lo mismo. Encendemos la televisión con la misma mecánica con que respiramos. Para escuchar una voz cuando estamos solos. Para estar tranquilos. Dicen que muere gente. Pero demasiado lejos. En África siempre ha muerto gente. Compramos conciencia hablando sin parar, escuchando canciones gritadas, leyendo panfletos. Dicen que somos libres. Y nos lo creemos. Lo cierto es que no somos más que carroña observada por buitres que nos ceban, nos atontan, nos insultan, nos roban. Mirad hacia arriba. 

Ahí están.