A veces me gustaría detener el tiempo. Ya sé que todos lo hemos pensado alguna vez, que hay momentos que deberían prolongarse eternamente. Momentos en los que creemos que vamos a estallar de felicidad, o que estamos muy muy a gusto, o que nos sentimos orgullosos o contentos por algo y es ahí donde nos gustaría parar el reloj. Que esa sensación en nuestros corazones, que esa sonrisa en nuestro rostro, o en el rostro de alguien a quien queremos, no se borrase nunca. Hay veces en que nos reímos tanto que parece que nos vamos a ahogar y hay veces que nos da por llorar de alegría o emoción.
Ojalá todos nuestros días tuvieran al menos unos segundos de esta sensación, de esta chispa de felicidad que nos regala la vida en ocasiones. Pero, si nos damos cuenta, son esas contadas ocasiones las que hacen que vivirlas merezca la pena; el hecho de que sean pocas, que sean contadas y que no se repitan cada día.
Siempre se dice; "disfruta de cada día como si fuera el último". Yo digo que disfrutes de cada día como si fuera el primero. Que olvides. Que dejes atrás todo lo que te hace daño. Que sepas perdonar y aprendas a emocionarte con cada sonrisa. Que regreses día a día, al menos un ratito, a ser un niño. Que te rías, que bailes, cantes, llores, beses, abraces y ames como si nunca lo hubieras hecho. Que sepas que eres especial, que todo el mundo lo es. Que no vivas pensando que vas a sufrir o que lo bueno nunca dura. Vive pensando que tus sueños pueden hacerse realidad. No pongas los pies en la tierra por mucho que te lo digan. Sueña.
Escapa de la realidad de vez en cuando. Lee. Escribe. Saca a pasear tu sonrisa y tu buen humor. Sé que hay días jodidos. Que esto puede valer solo en teoría. Pero me gustaría que todos fuésemos capaces de empezar de cero cada día. Quizá así pudiésemos construir un mundo mejor. O quizá no pero, ¿acaso no vale la pena intentarlo?
Los sueños no me dejaron en toda la noche. Yo creía que me tocaban con sus dedos. Pero los sueños no tienen dedos, tienen puños, así que debían de ser alacranes. (Roberto Bolaño, Los detectives salvajes).
miércoles, 30 de octubre de 2013
domingo, 6 de octubre de 2013
Ya no te quiero
-¿Qué? Pero... ¿Va enserio?
-Sí, tía. Estamos todos alucinando.
-O sea, que se casa... Pero si él no era de casarse. Lo de firmar un papel para demostrar que está enamorado no es su estilo. Bueno, eso decía...
-Ya. Si es que yo no sé qué cojones le ha pasado. Es ridículo. ¡Se va a casar para divorciarse en un mes! Y no podemos hacer nada desde aquí, porque se casan allí, en Caracas.
-Bueno, igual le sale bien. A. no es tonto.
-No, no era tonto. Ahora es un capullo integral. Lleva meses sin hablar con ningún colega, sin una triste llamada y el otro día ¡pum¡ nos suelta la bomba. Yo de verdad que no comprendo a este tío.
-Pues espero que no se equivoque...
-¡Se está equivocando! Y lo sabes. Tía... ¿Por qué no hablas con él? A nosotros no nos hace caso.
-¿Yo? Qué va.
-Ya, lo entiendo, pero es que no sabemos qué hacer para que dé marcha atrás...
-Bueno, mira, yo que sé. Hace tiempo que me dejó de importar lo que hiciera o dejase de hacer con su vida.
-Ya...
-Me voy. Un beso, cuídate.
-¿Saludos de tu parte a A.?
-Me da lo mismo.
Por primera vez en mi vida soy sincera con estas palabras. Me da exactamente igual. Ya no te quiero. Doy media vuelta mientras le digo adiós con la mano a tu amigo. Me alejo sonriendo. Ya no te quiero.
(Para una persona muy especial que prometió quererse, amarse y respetarse a sí misma todos los días de su vida).
miércoles, 2 de octubre de 2013
Tres poemas
Cerezo
"Con el tinto al viento,
encuentro la palabra
que me sabe a hielo, a diente, a hueso, a perro...
A tu vientre.
Podrido idioma, tatuaje hiriente.
En la hora de amarte,
te olvidé
(como el cerezo olvida que fue rama).
Nunca te supe saber.
Nunca supe quién eras,
y cuando tuve que olvidarte...
Te amé".
A mi madre;
"Mayo...
Harta de vinagres,
mentiras, alambres.
Sedienta de sangre.
Miradas, chorradas,
azúcar
Y un grito
(de ayuda).
Mi madre;
Sincera, sencilla, de vuelta.
Mi madre;
Su nombre de ángel.
Suspiros...
Y otra vez.
Dolor, gritos, ausencias, noches.
(O noches ausentes).
Y yo.
Y tú.
De un tiempo a esta parte.
Sin trampas.
Mi madre".
Voy a escribir;
"Voy a escribir,
de dentro, afuera;
De mis labios
A tu boca.
Voy a escribir,
De tu mirada.
No.
Voy a escribir
Despacio,
Pensando.
Voy a escribir,
(y ésta vez sin lágrimas).
Espero no aburrir,
Quiero escribir
De ti.
De mis labios
A tu boca.
De mi mente
A tu piel.
De tu sonrisa.
No.
Voy a escribir.
Lejana,
Simple,
Sincera,
Asquerosa.
Voy a escribir
De mis labios
A tu boca".
martes, 1 de octubre de 2013
En sueños
Voy a contaros el sueño que he tenido esta noche. Como pasa con todos los sueños, cuando me he despertado, no me acordaba de cada detalle, pero voy a tratar de ajustarme a lo que recuerdo.
Ha sido una pesadilla horrible. Según me he despertado, me he puesto a apuntar todo porque no soporto olvidarme de los sueños.
Bueno, lo cuento;
Estoy en un lugar cualquiera de una calle cualquiera un día cualquiera. Hace sol. Las casas de esta calle cualquiera son casitas bajas, con su jardín y su garaje. No estoy sola. Estoy con unos amigos. Concretamente Munir, Lorite y Laura.
De manera inexplicable, ya no estamos en la calle, sino dentro de una de las casas. En el garaje. Está todo destartalado, con cables por medio y mucha basura acumulada. Como suele suceder en los sueños, estás en determinado lugar por algo, pero no sé qué hacíamos allí.
Aparece un hombre, sin duda el dueño de la casa. No puedo dar muchos datos de él, salvo que es alto, moreno, medio calvo y delgado. De su cara no recuerdo nada. Tal vez una sonrisa mellada.
Lo que sí recuerdo con nitidez es su manera de hablarnos. Se dirige a nosotros como si fuéramos niños pequeños, (como cuando hablas con un niño de seis o siete años que, aunque trates de evitarlo, te sale un tono de voz aniñada). Nos pide un favor. Bueno, no. No es un favor. Parece más como si nos estuviera poniendo a prueba. Habla como un profesor poniendo deberes a sus alumnos.
Nos dice a quién tenemos que matar. Su nombre, su descripción física y su dirección. Es curioso cómo nada te sorprende cuando estás soñando. Es un profesor hablando con cuatro de sus alumnos. Tenemos que hacerle caso. Hay que hacerlo.
Ninguno de nosotros cuatro protesta. No hay nada que protestar.
No recuerdo nada del hombre al que vamos a matar. Solo sé que, para ir a su casa, tenemos que coger una especie de tranvía. Nos preparamos. Vigilamos sus movimientos. Un día va Lorite. Otro Munir. Otro Laura. Yo no puedo decir si fui o no, la verdad, pero me imagino que sí. Vamos a matar a un hombre. Nada puede fallar.
Contado todo parece mucho más simple que en el sueño pero me acuerdo de algunos detalles (como que el tranvía es de color verde, que Lorite lleva una camiseta blanca y que Munir está constantemente mirando el reloj).
Al final, lo hacemos. Sé que entramos en la casa del hombre que va a morir y sé que su casa es, de pronto, el mismo garaje. Pero en el sueño nadie parece darse cuenta de este detalle. Yo tampoco. Me doy cuenta ahora. No sé, quizá se deba a una falta de imaginación mía el utilizar el mismo decorado para lugares distintos. Sé que lo matamos. No me preguntéis cómo porque no tengo ni idea, igual que no sé quién de los cuatro es la mano ejecutora. Qué más da. Está muerto. Es un poco desagradable decirlo, pero lo descuartizamos. Eso sólo lo sé. Quiero decir que en mi sueño no aparecía en ningún momento el hombre muerto ni nosotros ensañándonos con su cuerpo. Puede que mi cerebro esté codificado. O sólo que no me acuerdo. Ni idea.
Borramos los restos de sangre y enterramos al hombre en el jardín. Puede parecer algo demasiado obvio. Pero en el sueño no. En el sueño acabábamos de cometer un crimen total y absolutamente perfecto.
No sé por qué motivo, volvemos a entrar en la casa. Bueno, en la casa que, en realidad es el garaje, pero en este caso, la casa es la casa. Hay una televisión en la que no habíamos reparado antes. La televisión se enciende y una voz de hombre, que parece surgida de los más profundo de una caverna, brama;
-Mirad lo que habéis hecho. Mirad quienes sois.
Mientras dice esto, se suceden imágenes nuestras matando al hombre a sangre fría. Esto tampoco lo vi. Sólo recuerdo decir Dios mío, cuánta sangre.
Salimos de la casa a toda prisa. Lorite no para de reír. Los demás estamos en shock, pero no tenemos miedo. Todo esto sucede bien entrada la noche. Al día siguiente, volvemos a la casa del garaje, a decirle al "profesor" que ya lo hemos hecho. Estamos contentos. Pero ocurre algo extraño; en contraste con el resto del sueño, no estamos solos. Los alrededores de la casa están abarrotados. Gente (en su mayoría chicas y chicos de nuestra edad) entrando y saliendo de la casa. Me fijo en el detalle de que todos van dentro de la casa y no al garaje.
A medida que nos vamos acercando a la puerta, nos empieza a entrar un miedo atroz. Se nos ha olvidado algo, seguro. Hay algo que hemos hecho mal. O que no hemos hecho.
Claro, dice Munir, falta el poema. ¿Poema? Pero en el sueño todo tiene sentido; un hombre te pide que mates a otro, lo haces, entierras su cadáver, una televisión te amenaza, así que, ¿por qué no? Es cierto, falta escribir un poema.
Estamos tan nerviosos que no somos capaces de juntar dos palabras. Al final, como haríamos en un examen, copiamos. Esto es alucinante pero cogemos una canción de Silvio Rodríguez y la copiamos en un papel (me fliparía acordarme de la canción, pero soy incapaz). Sabemos que "el profesor" se va a dar cuenta. Estamos temblando. Finalmente, Munir y Lorite entran en el garaje. Ahí está el hombre, con su cordialidad, su voz aterciopelada y su media sonrisa. Laura y yo nos miramos. Echamos a correr en dirección contraria. En las notas que tengo apuntadas pone textualmente "tratamos de escapar, pero la conciencia no nos deja". Así que damos la vuelta y entramos al garaje. Está mucho más limpio. Lo primero que veo es a Munir tumbado boca arriba en el suelo. No lo dudo ni un segundo; está muerto. A su lado, hay una televisión encendida. De nuevo nosotros matando al hombre. Y, de nuevo, yo no lo veo. Un poco más alejado está "el profesor" junto a una mesa de madera. Sobre la mesa hay tres jeringuillas con un líquido transparente.
Laura da un paso adelante, mira la pantalla y se va corriendo al lado del profesor, que le espera con una de las agujas en la mano. Mi amiga se la arrebata y, en un segundo, se la clava en el brazo. Muere en el acto. Lorite hace lo mismo, lo que pasa es que él se da el pinchazo directamente sobre el corazón.
Me toca a mi. Estoy aterrada. No voy a ser capaz. Miro al hombre, que me sonríe. Es una sonrisa que me hace estremecer de miedo. Tengo que hacerlo, lo han hecho todos. Miro la aguja que queda sobre la mesa. Si no me la clavo no sé qué va a hacerme. Siento un terror insoportable. La cabeza me da vueltas.
Me he despertado acojonada.
Tengo que dejar de leer a Poe.
Ha sido una pesadilla horrible. Según me he despertado, me he puesto a apuntar todo porque no soporto olvidarme de los sueños.
Bueno, lo cuento;
Estoy en un lugar cualquiera de una calle cualquiera un día cualquiera. Hace sol. Las casas de esta calle cualquiera son casitas bajas, con su jardín y su garaje. No estoy sola. Estoy con unos amigos. Concretamente Munir, Lorite y Laura.
De manera inexplicable, ya no estamos en la calle, sino dentro de una de las casas. En el garaje. Está todo destartalado, con cables por medio y mucha basura acumulada. Como suele suceder en los sueños, estás en determinado lugar por algo, pero no sé qué hacíamos allí.
Aparece un hombre, sin duda el dueño de la casa. No puedo dar muchos datos de él, salvo que es alto, moreno, medio calvo y delgado. De su cara no recuerdo nada. Tal vez una sonrisa mellada.
Lo que sí recuerdo con nitidez es su manera de hablarnos. Se dirige a nosotros como si fuéramos niños pequeños, (como cuando hablas con un niño de seis o siete años que, aunque trates de evitarlo, te sale un tono de voz aniñada). Nos pide un favor. Bueno, no. No es un favor. Parece más como si nos estuviera poniendo a prueba. Habla como un profesor poniendo deberes a sus alumnos.
Nos dice a quién tenemos que matar. Su nombre, su descripción física y su dirección. Es curioso cómo nada te sorprende cuando estás soñando. Es un profesor hablando con cuatro de sus alumnos. Tenemos que hacerle caso. Hay que hacerlo.
Ninguno de nosotros cuatro protesta. No hay nada que protestar.
No recuerdo nada del hombre al que vamos a matar. Solo sé que, para ir a su casa, tenemos que coger una especie de tranvía. Nos preparamos. Vigilamos sus movimientos. Un día va Lorite. Otro Munir. Otro Laura. Yo no puedo decir si fui o no, la verdad, pero me imagino que sí. Vamos a matar a un hombre. Nada puede fallar.
Contado todo parece mucho más simple que en el sueño pero me acuerdo de algunos detalles (como que el tranvía es de color verde, que Lorite lleva una camiseta blanca y que Munir está constantemente mirando el reloj).
Al final, lo hacemos. Sé que entramos en la casa del hombre que va a morir y sé que su casa es, de pronto, el mismo garaje. Pero en el sueño nadie parece darse cuenta de este detalle. Yo tampoco. Me doy cuenta ahora. No sé, quizá se deba a una falta de imaginación mía el utilizar el mismo decorado para lugares distintos. Sé que lo matamos. No me preguntéis cómo porque no tengo ni idea, igual que no sé quién de los cuatro es la mano ejecutora. Qué más da. Está muerto. Es un poco desagradable decirlo, pero lo descuartizamos. Eso sólo lo sé. Quiero decir que en mi sueño no aparecía en ningún momento el hombre muerto ni nosotros ensañándonos con su cuerpo. Puede que mi cerebro esté codificado. O sólo que no me acuerdo. Ni idea.
Borramos los restos de sangre y enterramos al hombre en el jardín. Puede parecer algo demasiado obvio. Pero en el sueño no. En el sueño acabábamos de cometer un crimen total y absolutamente perfecto.
No sé por qué motivo, volvemos a entrar en la casa. Bueno, en la casa que, en realidad es el garaje, pero en este caso, la casa es la casa. Hay una televisión en la que no habíamos reparado antes. La televisión se enciende y una voz de hombre, que parece surgida de los más profundo de una caverna, brama;
-Mirad lo que habéis hecho. Mirad quienes sois.
Mientras dice esto, se suceden imágenes nuestras matando al hombre a sangre fría. Esto tampoco lo vi. Sólo recuerdo decir Dios mío, cuánta sangre.
Salimos de la casa a toda prisa. Lorite no para de reír. Los demás estamos en shock, pero no tenemos miedo. Todo esto sucede bien entrada la noche. Al día siguiente, volvemos a la casa del garaje, a decirle al "profesor" que ya lo hemos hecho. Estamos contentos. Pero ocurre algo extraño; en contraste con el resto del sueño, no estamos solos. Los alrededores de la casa están abarrotados. Gente (en su mayoría chicas y chicos de nuestra edad) entrando y saliendo de la casa. Me fijo en el detalle de que todos van dentro de la casa y no al garaje.
A medida que nos vamos acercando a la puerta, nos empieza a entrar un miedo atroz. Se nos ha olvidado algo, seguro. Hay algo que hemos hecho mal. O que no hemos hecho.
Claro, dice Munir, falta el poema. ¿Poema? Pero en el sueño todo tiene sentido; un hombre te pide que mates a otro, lo haces, entierras su cadáver, una televisión te amenaza, así que, ¿por qué no? Es cierto, falta escribir un poema.
Estamos tan nerviosos que no somos capaces de juntar dos palabras. Al final, como haríamos en un examen, copiamos. Esto es alucinante pero cogemos una canción de Silvio Rodríguez y la copiamos en un papel (me fliparía acordarme de la canción, pero soy incapaz). Sabemos que "el profesor" se va a dar cuenta. Estamos temblando. Finalmente, Munir y Lorite entran en el garaje. Ahí está el hombre, con su cordialidad, su voz aterciopelada y su media sonrisa. Laura y yo nos miramos. Echamos a correr en dirección contraria. En las notas que tengo apuntadas pone textualmente "tratamos de escapar, pero la conciencia no nos deja". Así que damos la vuelta y entramos al garaje. Está mucho más limpio. Lo primero que veo es a Munir tumbado boca arriba en el suelo. No lo dudo ni un segundo; está muerto. A su lado, hay una televisión encendida. De nuevo nosotros matando al hombre. Y, de nuevo, yo no lo veo. Un poco más alejado está "el profesor" junto a una mesa de madera. Sobre la mesa hay tres jeringuillas con un líquido transparente.
Laura da un paso adelante, mira la pantalla y se va corriendo al lado del profesor, que le espera con una de las agujas en la mano. Mi amiga se la arrebata y, en un segundo, se la clava en el brazo. Muere en el acto. Lorite hace lo mismo, lo que pasa es que él se da el pinchazo directamente sobre el corazón.
Me toca a mi. Estoy aterrada. No voy a ser capaz. Miro al hombre, que me sonríe. Es una sonrisa que me hace estremecer de miedo. Tengo que hacerlo, lo han hecho todos. Miro la aguja que queda sobre la mesa. Si no me la clavo no sé qué va a hacerme. Siento un terror insoportable. La cabeza me da vueltas.
Me he despertado acojonada.
Tengo que dejar de leer a Poe.
lunes, 30 de septiembre de 2013
Pesadilla
Acabo de llegar a casa de la universidad. El teléfono no ha dejado de sonar. No cojo números de desconocidos, es una manía que tengo. Llaman. Silencio el móvil. Otra vez. Y otra. Y otra. Me estoy empezando a preocupar. Si vuelve a llamar lo cojo, igual es una urgencia.
No vuelven a llamar. Bueno, pienso, si fuera tan importante llamarían a casa. Enciendo el ordenador. Mientras arranca, me pongo a leer. No me concentro. ¿Quién sería? Busco el número en el registro y llamo. Comunica.
Llevo todo el día sin concentrarme en nada. ¿Quién sería? La pregunta rebota en mi cabeza sin parar. Llamo a mi madre.
-¿Hola?
-Hola, mama, ¿Qué tal?
-Ocupada. ¿Qué pasa?
-¿Me has llamado tú antes?
-No. Y tengo que dejarte, hija. Un beso.
-Adiós...
No era mi madre. Eso me tranquiliza bastante. De todas maneras, ¿Quién sería? Vuelvo a marcar el número. Nada, comunica. Joder.
Trato de dejar de pensarlo. No puedo. Soy demasiado obsesiva para esas cosas. ¿Quién sería? Empiezo a pensar en multas, accidentes, mi hermana, mis amigos...
Trato de distraerme con el Facebook. Nada. Lo de leer ya lo descarto directamente. La tele no me gusta. ¿Quién sería?
Cojo el móvil y vuelvo a marcar el número. Esta ya es la última vez que lo intento, me digo. Da señal. Al primer tono, cuelgo. No me lo esperaba. ¿Estás gilipollas o qué? Me recrimino. Vuelvo a marcar. Espero. Un tono. Dos. Tres. Al cuarto responde una voz desconocida.
-¿Diga?
Es una voz áspera, desagradable. De mujer. De vieja. No respondo.
-Alicia, ¿eres tú?
¿Quién es y por qué sabe mi nombre? Continúo guardando silencio.
-Claro que eres tú.
Ahora sí que no respondo. Acabo de reconocer la voz. Estoy a punto de desmayarme del miedo. Me siento en el borde de la cama temblando. A pesar del terror que siento, no me atrevo a colgar.
-¿No vas a decirme nada? Claro, como si lo viera. Estás acojonada. Haces bien.
No dejo de temblar.
-¿Qué quieres?
Lo suelto con una potencia que no se corresponde a mi estado. No tengo ni idea de cómo han podido brotar las palabras de mis labios.
-Avisarte. Estás a punto de morir.
Me pongo a llorar. Tengo mucho, muchísimo miedo. ¿Cómo me ha encontrado? Sigo inmóvil. Y dejo de llorar. Estoy a punto de morir. Sé quién eres. Y sé que no mientes.
Esto no puede estar pasando. No. Tiene que ser una pesadilla. Pero demasiado bien sé que no es un sueño. que es real. Que no me queda mucho tiempo.
Despacio, bajo la mano en la que llevo el teléfono y cuelgo. Miro mi habitación por última vez. Me gustaría escribirle unas líneas a mi madre y a mi hermana, pero la muerte no espera. Todo sucede deprisa. Horas más tarde, el médico dirá que se ha tratado de una insuficiencia cardíaca, Una pena siendo tan joven, añadirá al ver a mi madre desconsolada.
Mientras me desplomo en el suelo, alcanzo a ver el rostro surcado de arrugas de la anciana con la que acabo de hablar por teléfono. Te avisé, Alicia.
Es cierto.
La había visto innumerables veces en mis sueños.
Por qué Filología.
Bueno, a ver. Ya me he cansado. Voy a responder a una pregunta que me tiene harta. Voy a tratar de no ser demasiado grosera, pero esto va para todos aquellos que me preguntan "¿Para qué estudias letras?" y se contestan solos "¡Eso no sirve para nada!"
En primer lugar, es cierto, NO SIRVE PARA NADA. Me metí a estudiar Filología Hispánica porque me encanta leer. Si, ya lo sé. TOPICAZO. Sí. Pero lo digo enserio. Me gusta leer novelas, poemas, relatos y me apasiona el teatro.
La lengua no me llamaba tanto la atención pero, desde pequeña, he corregido a mis amigos y a mi familia tanto faltas de ortografía como de expresión. A veces soy un poco pedante, lo confieso. Y tengo un error grande. Soy muy laísta. No todos somos perfectos.
Tengo que decir que, en mi decisión a la hora de decantarme por una carrera, lo tenía claro. Mucha gente ha influido en cómo soy ahora, especialmente mi madre, mi hermana, mi tía y mi padre.
Mi hermana me enseñó a hablar, a utilizar bien las palabras, a hablar bien. También me regaló todos sus libros y me recomendaba cosas que sabía que me iban a gustar.
Mi madre es maestra de primaria. Y a ella le debo el saber leer, el amor por la lectura y el odio a las faltas ortográficas.
Mi tía es filóloga alemana. Con ella despertó mi curiosidad de "saber más". Gracias a ella conocí algunos de los libros que más han influido en mis 23 años de vida. (Entre ellos a José Saramago y su "Ensayo sobre la ceguera").
De mi padre... Ya lo sabéis. Mi padre me regaló la poesía.
La literatura, en su fin último, no sirve para nada si no quieres que te sirva para nada, eso no es discutible. Pero no olvidemos que uno de los mayores atractivos del arte en todas sus vertientes, es precisamente su inutilidad práctica.
Y estudio lo que estudio PORQUE ME GUSTA, porque tuve la suerte de que mi familia me apoyó en la decisión, porque nadie trató de imponerme nada y porque, cuando yo les dije lo que iba a estudiar, ellos ya lo sabían. Y se alegraron.
La única respuesta que puedo darle a la gente que hace esa estúpida pregunta "¿Por qué filología?" es un simple "¿Por qué no?"
En primer lugar, es cierto, NO SIRVE PARA NADA. Me metí a estudiar Filología Hispánica porque me encanta leer. Si, ya lo sé. TOPICAZO. Sí. Pero lo digo enserio. Me gusta leer novelas, poemas, relatos y me apasiona el teatro.
La lengua no me llamaba tanto la atención pero, desde pequeña, he corregido a mis amigos y a mi familia tanto faltas de ortografía como de expresión. A veces soy un poco pedante, lo confieso. Y tengo un error grande. Soy muy laísta. No todos somos perfectos.
Tengo que decir que, en mi decisión a la hora de decantarme por una carrera, lo tenía claro. Mucha gente ha influido en cómo soy ahora, especialmente mi madre, mi hermana, mi tía y mi padre.
Mi hermana me enseñó a hablar, a utilizar bien las palabras, a hablar bien. También me regaló todos sus libros y me recomendaba cosas que sabía que me iban a gustar.
Mi madre es maestra de primaria. Y a ella le debo el saber leer, el amor por la lectura y el odio a las faltas ortográficas.
Mi tía es filóloga alemana. Con ella despertó mi curiosidad de "saber más". Gracias a ella conocí algunos de los libros que más han influido en mis 23 años de vida. (Entre ellos a José Saramago y su "Ensayo sobre la ceguera").
De mi padre... Ya lo sabéis. Mi padre me regaló la poesía.
La literatura, en su fin último, no sirve para nada si no quieres que te sirva para nada, eso no es discutible. Pero no olvidemos que uno de los mayores atractivos del arte en todas sus vertientes, es precisamente su inutilidad práctica.
Y estudio lo que estudio PORQUE ME GUSTA, porque tuve la suerte de que mi familia me apoyó en la decisión, porque nadie trató de imponerme nada y porque, cuando yo les dije lo que iba a estudiar, ellos ya lo sabían. Y se alegraron.
La única respuesta que puedo darle a la gente que hace esa estúpida pregunta "¿Por qué filología?" es un simple "¿Por qué no?"
domingo, 29 de septiembre de 2013
Única
Esta es tu historia. No, perdón, tu Historia. Sí, la tuya, chica rubia. Tuya y solo tuya. Permite que me incluya en determinados momentos, solo voy a hablar de lo que veo. Pero da igual lo que diga. Esto es única y exclusivamente para ti, que eres única. Para ti, que vives soñando. Para ti, que dejas entrar en tu mundo a cualquiera que tenga algo bueno en su alma. Dejas entrar a cualquiera porque crees que cualquiera tiene algo bueno. Eres diferente, distinta. Eres especial en el mejor sentido de la palabra. Porque nunca has tenido un mal gesto para mí ni me has mirado por encima del hombro (aun siendo más alta). Porque por eso te quiero. Esto es para ti porque has escalado un puesto en mi corazón. Porque cuando te miro estoy a gusto. Porque sé que confías en mi. Y porque confío en ti aunque te haya dicho mil veces que eres una bocazas. Por ser la reina del duro y de las borracheras por Madrid. Porque sin ti, mis historias no serían las mismas. Porque desde hace años, eres protagonista indiscutible de los mejores momentos de mi vida.
Y, porque, esta ciudad gris, no tendría luz si no estuvieras a mi lado para iluminarla con tus ojos.
Te quiero, Delia.
Y, entonces, sucedió. Conocí a la persona que habría de cambiar mi vida para siempre. Era alta, rubia, delgada. Era diferente a mi. Tenía los ojos azules. No paró de hablar durante cuarenta minutos seguidos. En los momentos en los que tomaba aire, yo trataba de responder con monosílabos. No recuerdo de qué estaba hablando. Sólo pensaba en que era una persona ajena a lo que yo había conocido hasta ese momento. Confieso que no tengo predilección por la gente que habla demasiado, pero con ella fue diferente. Me cautivó. No era la típica imbécil que se dedica a darte el coñazo. Bueno, un poco. Estuve tratándola muchos años antes de que ninguna de las dos se decidiera a dar un paso más allá en nuestra relación de amistad. Colegas de parque y punto. Todo el mundo vale para tomar una copa.
Con el paso de los años, la chica rubia me fue dando poco a poco pedazos de su corazón. Pequeños trocitos que yo recogía e iba guardando. Sin darme cuenta de que ella estaba recogiendo lo mismo que me entregaba.
Cuando quise darme cuenta, ya la necesitaba demasiado. Por eso no puedo pasar sin ella, sin verla, sin saber cómo está. Sin reírme con ella.
Nadie sobrevive con medio corazón.
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