martes, 3 de abril de 2012

lunes, 19 de marzo de 2012

19 De Marzo

Tengo 19 años. Y estoy haciendo una manualidad. Cojo una foto nuestra. Creo que tengo tres o cuatro años y tú me estás ayudando a subirme a un árbol. Se nos ve felices. Pego la foto en la cartulina y escribo una frase. Me echo a llorar. No lo puedo evitar. Copio el poema que tanto nos gusta. Después, meto una foto mía, actual, en un sobre.
Salgo de casa para ir a llevártelo. Compro un paquete de Camel (ya da igual) y cojo el autobús. Vuelvo a llorar. No puedo parar. El autobús tarda poco y en un cuarto de hora me bajo en mi parada. Miro adelante y veo el edificio gris. Hace mucho viento. Entro y enseño la tarjeta para poder pasar. Llevo la cartulina bajo el brazo. Subo andando hasta la quinta planta y llego a tu habitación. Estás en el baño. Dejo la cartulina, el sobre y el paquete de tabaco encima de la cama. Salgo al pasillo. Tardas unos minutos en salir y cuando lo haces ves mi regalo. Y veo cómo asoman las lágrimas a tus ojos. Entonces entro en la habitación, me miras y me sonríes. Me das las gracias. Abres el sobre, sacas mi foto y le das un beso. Yo me obligo a no llorar. Y lo consigo. Y juntos, durante un breve momento, nos olvidamos de la enfermedad y de que estamos en un hospital.
Después, llega Luci. Te ha traído también una foto en la que salís juntos. Y ella sí llora. Yo la miro, tratando que deje de hacerlo. Pero es imposible. Abro mucho los ojos y pestañeo. No me permito una lágrima más.
Cuelgas la foto de Luci en la pared. La mía la guardas en el cajón. Una enfermera viene a hacerte preguntas rutinarias. Y tú le enseñas los regalos, orgulloso. Lucía y yo nos miramos y la enfermera nos sonríe, es evidente que le damos pena. En ese momento la odio, a ella y a su mirada de compasión. Lárgate, grito en mi cabeza. Se va al poco rato y nos quedamos los tres juntos. Y, de nuevo durante unos minutos, olvidamos dónde estamos, contamos chistes y reímos.

Ese fue el último Día del Padre que estuvimos juntos. Y lo tengo grabado en mi memoria porque fue uno de los últimos momentos felices que pasamos. Te quiero.
Feliz día.

viernes, 16 de marzo de 2012

Primer sueño

-Buenas noches.
-Que descanses.
-Papa...
-Dime. -Me mira. Yo lucho por contener las lágrimas mientras le veo sentado en el sofá fumándose un Fortuna. Me sonríe.-¿Qué pasa?
-Nada.
-Venga, pues hasta mañana.
Ésta vez no lo puedo evitar y un par de lágrimas traicioneras ruedan por mi cara. Me doy la vuelta rápidamente para que mi padre no me vea. Me tiemblan las manos, y la voz.
-Te quiero, papa.-Digo en un susurro apenas audible. Me acerco y le doy un beso.
-Y yo, hija.-Me guiña un ojo y le da otra calada al cigarro. Mientras le miro, pienso que no conozco a nadie que fume tan bien como mi padre. Le da una calada y se pasa la mano por la frente, pensativo. Frunce el ceño. Me mira de nuevo.
-¿Quieres uno?-Me dice, ofreciéndome el arrugado paquete de tabaco.
-Sí.
Me siento a su lado y me enciendo un cigarro. Nos miramos. Estamos sentados uno al lado del otro, pero muy lejanos. Me pregunta que si le he olvidado.
-Pues claro que no.
Y ahora ya sí que no lo puedo evitar. Lloro. Lloro como una niña asustada. Y él me abraza. Me sienta en sus rodillas y me consuela. Al rato, se levanta, me acuesta en el sofá y me dice que tiene que marcharse. Le suplico que no se vaya.
-Pero, hija, mañana nos vemos.- Le obligo a prometérmelo. Y lo hace.


Tengo que decir que ha cumplido su promesa. Noche tras noche.
Y son algo más que sueños.

Quise un bello sueño y cuando llegó, me dolió que fuese sueño.

jueves, 15 de marzo de 2012

Pareja

-¡Pero mira que eres guapa!
Ella se ruboriza levemente mientras recibe un beso en los labios. Piensa que no, no es guapa. Y menos ahora. Se siente algo ridícula, recién levantada y despeinada. Lleva una camiseta vieja de él, señal inequívoca de que han pasado la noche juntos. Las emociones y vergüenzas de la velada anterior se amontonan en su cabeza como imágenes revueltas e inconexas. Y le mira. Nunca fijamente a los ojos. Él disfruta con la turbación que, recientemente, ha descubierto que es capaz de provocar en ella. La abraza con descaro mientras los brazos y piernas de ella tiemblan. No sabe de qué hablar con él. Es incapaz de olvidar la vergüenza que siente cuando le tiene cerca y se siente vulnerable.
-No...
-Eres preciosa.- Lo dice francamente. Está guapísima con su camiseta, las mejillas encendidas y el pelo revuelto.
Ella niega con la cabeza, sonriendo al fin. Se miran durante unos segundos y vuelven a revivir la complicidad de la noche pasada.
-No seas zalamero.
Él se queda callado; el pobre chico no ha entendido la palabreja. Ahora le toca a él ruborizarse. Y a ella sonreír.
Se miran, y ella le perdona su relativa ignorancia y él su excesivo pudor. Y piensan, cada uno por su lado, que si no fuera precisamente por esas cosas, no se querrían tanto.




No nos molestan aquellos defectos que nosotros no tenemos. (Miguel de Unamuno)

La leche

Soy muy chiquitita. Siempre he sido, como mínimo, un palmo más pequeña que el resto de chicas de mi edad. De pequeña, mi madre me decía que era por no tomar calcio. Yo quería crecer. De verdad. Pero no me gustaba la leche. El vaso del desayuno que me hacían tomar nada más levantarme me daba arcadas. Odiaba la leche, sobre todo si estaba caliente, porque podía ver los trozos de nata flotando sobre los grumos del Cola-Cao. Eso me asqueaba más que cualquier otra cosa. Mi madre me veía tan pequeña que, queriendo culpar a la falta de calcio de mi poca estatura, me obligaba a tomármelo. Yo me negaba categóricamente. Así que mi madre tenía que sentarse a mi lado e ir dándomela a cucharadas (pequeñas, por supuesto) con lo que tardábamos bastante más en llegar al colegio y que nos desesperaba a ambas.
Un día encontré (o, más bien, creí haber encontrado) el modo de librarme;
-Mama, si te sales fuera y no me miras, me lo tomo.
De esta manera, podía tirar a hurtadillas la leche por el fregadero y ella se quedaba contenta. Pero esa estratagema duró poco tiempo. A los días, me espió tras la puerta y vio cómo la tiraba. Y se enfadó. Muchísimo. Pero dejó de obligarme a tomar el consabido vaso mañanero.

Aún hoy, cuando huelo la leche, recuerdo esas mañanas al lado de mi madre, intentando convencerla de que la leche y mi estatura no tenían relación.



martes, 13 de marzo de 2012

Martes Trece

Sí, tengo que reconocerlo. Soy muy supersticiosa. No paso por debajo de escaleras ni andamios, tengo miedo los viernes trece y no me hace mucha gracia cruzarme con gatos negros. Cuando me encuentro una moneda de uno o dos céntimos en la calle, me siento estúpidamente afortunada durante todo el día mientras note la moneda en el bolsillo. Suelo llevarme amuletos a los exámenes y mirar mi horóscopo diariamente. También cruzo los dedos con fuerza o toco madera cuando no quiero que pase algo malo.
Así que no; hoy ni me caso ni me embarco.


Por cierto, al poner lo del gato negro me ha venido a la mente el estupendo relato homónimo de Edgar Allan Poe. No dejéis de leerlo.

Buona notte.

Conversación

- (...)Dentro de lo que cabe...
-¿Dentro de lo que cabe dónde?
-Joder, pues no sé, es una frase hecha...
-Ya, pero si la utilizas será porque sabes lo que significa... ¿o no?
-Si bueno... Pues significa que dentro de lo malo...
-Qué manía con el dentro y el fuera...
-Joder, es así. El lenguaje no lo he inventado yo.
-¿y qué es eso de que no existan verbos? el otro día estaba escribiendo y necesitaba utilizar el verbo diapositivar. Bueno, pues resulta que no existe. Y yo tenía que usarlo. Tuve que conformarme con mostrar. ¡Pero no es lo mismo!
-No, realmente no es lo mismo...
-Pues eso.